Opiniones – Rudy Gallardo

Construir liderazgo desde la base, lo que Maslow todavía nos enseña al iniciar un nuevo año

Cada inicio de año trae consigo una pregunta silenciosa para quienes lideran —o desean hacerlo—: ¿desde dónde estoy ejerciendo mi liderazgo? No se trata solo de metas, planes o indicadores. Se trata de cimientos. Porque ningún liderazgo se sostiene si se construye desde la cima, ignorando las necesidades más básicas de las personas a las que pretende guiar.

La pirámide de Maslow, tantas veces citada y tan pocas veces aplicada con rigor, ofrece una clave sencilla pero poderosa: nadie puede desarrollarse plenamente si sus necesidades fundamentales no están atendidas. Este principio, trasladado al liderazgo, sigue siendo vigente y especialmente necesario en contextos laborales marcados por incertidumbre, rotación, desgaste emocional y cambios acelerados.

Maslow no pensó su modelo para empresas, pero los líderes responsables pueden usarlo como una guía para evaluar si su forma de dirigir está alineada con la realidad humana de sus equipos. No como una receta, sino como un orden lógico.

Todo liderazgo que aspira a ser legítimo comienza asegurando lo elemental. Salarios dignos, estabilidad mínima, claridad contractual, espacios de trabajo seguros y respeto por el tiempo personal no son beneficios adicionales; son la base. Pretender compromiso, creatividad o lealtad cuando estas condiciones no existen es una contradicción frecuente. Cuando las personas viven en constante preocupación por su sustento o su estabilidad, su energía se dirige a sobrevivir, no a aportar. Un líder que ignora esta realidad suele exigir resultados que no pueden sostenerse en el tiempo.

Reconstruir liderazgo desde cero implica, primero, revisar si estas condiciones están realmente garantizadas o solo declaradas.

Más allá del salario, las personas necesitan previsibilidad. Seguridad no significa ausencia de cambio, sino claridad frente a él. Equipos que no saben qué se espera de ellos, que reciben mensajes contradictorios o que viven bajo amenaza constante difícilmente desarrollan confianza. Un liderazgo sano comunica con anticipación, establece reglas claras y responde con coherencia en momentos de crisis. La seguridad psicológica —sentirse escuchado, no ridiculizado por preguntar o equivocarse— es hoy uno de los factores más determinantes del desempeño colectivo. Aquí el liderazgo no se mide por control, sino por capacidad de sostener estabilidad emocional en contextos complejos.

El siguiente nivel es el sentido de pertenencia. Las personas no se comprometen con estructuras abstractas; se comprometen con relaciones. Un liderazgo que fomenta interacción, inclusión y comunicación genuina crea equipos, no solo organigramas.

Sentirse parte implica saber que la voz cuenta, que la diversidad es respetada y que el trabajo tiene un lugar en algo más grande que la tarea diaria. Cuando esto falta, aparecen el aislamiento, la indiferencia y la rotación silenciosa. Construir liderazgo en este nivel requiere tiempo, presencia y escucha. No se logra con discursos, sino con prácticas cotidianas.

El reconocimiento no es halago vacío ni premio ocasional. Es la capacidad del líder de ver el esfuerzo, reconocer el trabajo bien hecho y abrir oportunidades de crecimiento. La autoestima profesional se construye cuando las personas saben que su aporte importa y que pueden desarrollarse. La promoción interna, la formación continua y la retroalimentación honesta son señales claras de un liderazgo que apuesta por el crecimiento, no solo por el resultado inmediato. Cuando este nivel se descuida, el talento se estanca o se va.

Un liderazgo que no reconoce termina rodeado de personas que hacen solo lo necesario para no fallar.

En la cima de la pirámide aparece la autorrealización, pero no como punto de partida, sino como consecuencia. Aquí surge la creatividad, la innovación y el sentido profundo del trabajo. Las personas no solo cumplen funciones; aportan ideas, proponen mejoras y se sienten parte activa del futuro de la organización.

Este nivel solo es posible cuando los anteriores están razonablemente atendidos. Pretender innovación en contextos inseguros o deshumanizados suele producir frustración o cinismo. El liderazgo que llega aquí no controla cada paso. Confía, delega y habilita. Entiende que su rol no es brillar, sino crear condiciones para que otros lo hagan.

La pirámide de Maslow aplicada al liderazgo ofrece algo más que teoría: ofrece orden. Ayuda a identificar dónde están los vacíos y por qué ciertas iniciativas no prosperan. También permite a nuevos líderes construir desde cero con criterio, y a líderes experimentados revisar prácticas que tal vez ya no funcionan.

Este inicio de año no exige líderes perfectos, pero sí líderes conscientes. Personas dispuestas a revisar sus bases, a reconocer lo que falta y a reconstruir con humildad. El liderazgo no se decreta; se edifica, nivel por nivel, sobre realidades humanas concretas. Quien entiende esto no solo dirige mejor. Construye espacios donde las personas pueden crecer, aportar y permanecer. Y ese sigue siendo, más allá de modas y teorías, el verdadero sentido del liderazgo.