Sé que no te estás quejando, pero también sé que estás exhausta
El otro día estaba ojeando un álbum de fotos antiguas de cuando mis hijos eran pequeños. Me descubrí sonriendo sola al recordar sus primeras palabras, sus ocurrencias y sus travesuras. Desde este lado del tiempo, es muy fácil ver esos años con nostalgia y decir: «No cambiaría esos momentos por nada del mundo».
Pero si te soy brutalmente honesta, mi memoria también me trajo de vuelta a los momentos de frustración, de dudas y de un cansancio que me calaba hasta los huesos. Cuando ya cruzaste el puente y tus hijos crecieron, es fácil sonreír. Pero cuando estás en medio de la crianza, pareciera que la vida siempre será así de abrumadora y que nunca volverás a dormir una noche completa.
Pensaba en esto porque recientemente tuve una plática con una mamá joven que me hizo viajar al pasado.
El cansancio silencioso del amor
Mientras ella hablaba, yo la observaba. Ni una sola vez me dijo «ya no puedo más» o «estoy harta». Al contrario, me hablaba con un amor inmenso por sus hijos.
Simplemente me estaba contando su día a día. Me platicó cómo sus noches son interrumpidas porque se levanta de madrugada solo para revisar si los niños están tapados. Me contó cómo madruga para arreglarlos, las carreras para ir a dejarlos al colegio, el regreso a casa para hacer el almuerzo, y el sinfín de actividades que llenan sus tardes.
Ella disfrutaba a sus hijos, daba la vida por ellos y no reclamaba nada. Pero aunque sus palabras decían «todo está bien», su cuerpo y sus ojos me contaban otra historia. Su mente nunca paraba. Su cuerpo nunca paraba. Era evidente que todo lo que hacía estaba teniendo un efecto en ella. Estaba exhausta.
El peso del trabajo invisible
Yo la veía y me veía a mí misma hace unos años. Sé lo que es amar a tus hijos con locura y, al mismo tiempo, desear desesperadamente cinco minutos de silencio. Y digo cinco minutos porque toda madre sabe que es imposible esconderse; nos encuentran hasta en el baño.
A veces, nuestro tanque de energía se vacía no solo por la falta de sueño, sino por la falta de reconocimiento. Tu trabajo como madre es invisible. Nadie te aplaude porque haya ropa limpia en los cajones, porque las loncheras estén listas a tiempo o porque haya un almuerzo caliente en la mesa todos los días. Las cosas simplemente «aparecen» hechas.
Pero si tú dejaras de hacer todo eso por un solo día, el mundo en tu casa colapsaría. Todo se detendría. Como lo haces con tanto amor y sin pedir nada a cambio, el resto del mundo asume que no te cuesta. Y a veces, el tanque se seca simplemente porque hace mucho que nadie te da un abrazo fuerte, te mira a los ojos y te dice: «Oye, estás haciendo un trabajo increíble».
Llena tu tanque, un sorbo a la vez
Hoy no quiero darte una lista de cosas que «debes» hacer. No quiero sumarte otra exigencia diciéndote cómo debes actuar. Hoy solo quiero decirte: Te veo. Te entiendo. Y sé lo pesado que es.
Y quiero invitarte, con mucho amor, a que explores qué es lo que llena tu tanque. Ya que desaparecer una semana no es una opción realista, busca salvavidas en lo cotidiano. Tal vez sea comprarte ese café que tanto te gusta y atreverte a disfrutarlo, calientito, aunque estés sentada en la sala rodeada de juguetes tirados. Tal vez sea tener la valentía de pedir ayuda de vez en cuando, solo para poder tomar un baño caliente en silencio sin que nadie toque la puerta. Esas pequeñas cosas no son egoísmo; son supervivencia. Tú importas.
Y porque sé que a veces las palabras humanas no alcanzan, no quiero decirte qué hacer, solo quiero orar por ti. Quiero levantar tus brazos hoy con esta oración:
Mi oración por ti, mamá exhausta:
«Padre, hoy levanto mis manos y mi voz por esta madre que me está leyendo. Tú conoces su nombre, conoces su hogar y, sobre todo, conoces su cansancio. Señor, Tú ves todo el trabajo invisible que ella hace. Tú ves cada madrugada que se levanta a cobijar a sus hijos, ves la ropa que lava, las loncheras que prepara y las lágrimas de frustración que a veces se traga para no preocupar a nadie. Ella no se queja, Señor, pero yo sé que su cuerpo y su mente están agotados.
Hoy te pido que la abraces. Que Tu Espíritu Santo la rodee en este mismo instante y le dé ese abrazo que tanto necesita. Susúrrale al oído que la ves, que estás orgulloso de ella y que está haciendo un trabajo maravilloso. Danos a nosotras, su entorno, la sensibilidad para ayudarla y valorarla. Y a ella, dale el permiso en su corazón para descansar, para tomarse su café sin culpa y para saber que no tiene que ser perfecta, solo tiene que ser ella.
Renueva sus fuerzas en la quietud. Sé Tú su refugio cuando sienta que no tiene a dónde correr. Bendice su vientre, sus manos y su mente. Que hoy pueda dormir un poco más profundo, sabiendo que Tú cuidas de ella y de los suyos. En el amoroso nombre de Jesús, Amén.»
Amada, la maternidad es el viaje más hermoso, pero no tienes que caminarlo aguantando la respiración. En Una Madre de Rodillas, te acompaño en este proceso. No para darte más reglas, sino para recordarte que Dios es tu socio en esta crianza y que en Él puedes soltar tus cargas.