Magie de Cano

¿A quién ves cuando te miras al espejo?

Te tomaron una foto hace unos días. Alguien la subió a un grupo, o la encontraste en tu teléfono, y por un segundo la miraste sin reconocerte.

Llevaba tu ropa. Tu nombre. Tu sonrisa de ese momento. Pero algo en esa imagen te dejó quieta. Porque la mujer que miraba desde esa pantalla no era la que tú recordabas ser. No era la que sentías que eras cuando cerraste los ojos por la noche.

Y pensaste: tal vez es el ángulo. Tal vez estoy cansada. Tal vez tuve una semana difícil.

Pero a la mañana siguiente, frente al espejo, la pregunta volvió. Sin filtros, sin excusas. ¿A dónde me fui yo?

No hay nadie a quién culpar. No hubo un día exacto en que todo cambió. Fue más silencioso que eso. Fue el proceso de ir guardando cosas en cuartos que después cerraste con llave. Una decepción que decidiste no volver a mencionar. Una herida que aprendiste a rodear para no pisarla. Un sueño al que dejaste de referirte porque dolía nombrarlo. Y así, poco a poco, sin darte cuenta, fuiste cerrando puertas por dentro. Y un día te miraste al espejo y descubriste que afuera quedó muy poca de ti.

Eso no es debilidad. Es lo que hacemos para seguir funcionando. Guardamos lo que duele en un lugar donde no estorbe, y seguimos adelante.

El problema es que también guardamos ahí partes de nosotras mismas.

La mujer espontánea que alguna vez fuiste. La que reía de ciertas cosas. La que tenía sueños que no le pedía permiso a nadie. La que se miraba al espejo sin hacerse preguntas. Todas esas versiones de ti fueron entrando a esos cuartos cerrados, junto con el dolor que no quisiste procesar.

Hay un versículo en la Biblia que me ha acompañado en mis momentos más silenciosos. Es de una mujer llamada Agar — descartada, sola, convencida de que su historia no le importaba a nadie — y cuando Dios se le apareció en el desierto, ella dijo algo que no he podido olvidar: «Tú eres el Dios que me ve» (Génesis 16:13). No el Dios que la juzgó. No el Dios que le exigió estar bien. El Dios que la vio. Exactamente donde estaba. Con todos sus cuartos cerrados.

Él te ve a ti también. Te ve cuando te quedas inmóvil frente a esa fotografía. Te ve cuando te haces la pregunta que no le has dicho a nadie. Y no te pide que te recompongas antes de acercarte a Él.

Hace algunos años, en uno de los momentos más difíciles de mi vida, Dios me hizo una pregunta que lo cambió todo. Yo estaba haciendo muchas cosas por Él, pero cargando en mi interior cuartos que no había dejado que nadie visitara. Ni siquiera Él. Y un día, de rodillas, escuché esto en mi corazón: «Si quieres ver mi gloria, muéstrame tu corazón.»

Entendí que la mujer que yo quería volver a ser no iba a aparecer en el espejo hasta que Dios pudiera entrar a los lugares donde había guardado el dolor que no había querido tocar.

Quiero orar por ti hoy.

Padre, hoy te presento a esta mujer que se miró en una foto, o en un espejo, y no se reconoció. Tú sabes qué hay detrás de esa mirada. Conoces cada cuarto que ella ha cerrado con llave, cada cosa que guardó ahí para poder seguir adelante, cada versión de sí misma que fue dejando atrás sin despedirse. Hoy te pido que entres. Que ella sienta que no tienes miedo de lo que hay adentro. Que Tu amor es más grande que todo lo que ella ha guardado. Dale el valor de abrirte esas puertas que ha mantenido cerradas, y enséñale que la mujer que ella busca en el espejo está ahí, esperándola del otro lado. En el nombre de Jesús, amén.

Y ahora, si puedes, repite esto:

Señor, hoy reconozco que he ido cerrando partes de mí que Tú quieres sanar. Hoy te entrego las llaves de los cuartos que nadie más ha visto. No sé bien qué hay adentro, pero confío en que Tú sí lo sabes, y que lo que encuentres no va a alejarte de mí. Devuélveme a la mujer que fui creada para ser. En el nombre de Jesús, amén.

En el Día 11 de mi libro Mujer Totalmente Nueva, escribo sobre estos cuartos cerrados con doble llave. Sobre lo que guardamos ahí creyendo que es para sobrevivir, y sobre lo que pasa cuando le entregamos las llaves a Dios. Estos 30 días no son para que te esfuerces más. Son para que por fin dejes de cargar sola lo que nunca te correspondió cargar.

Si algo de lo que leíste hoy te suena, este libro fue escrito para ti.