Magie de Cano

Cuando la lluvia arruina tus planes

Hace poco estuve en una boda que no voy a olvidar fácilmente.

Era en un jardín precioso. Flores por todos lados, sombrillas blancas perfectamente alineadas, manteles que alguien había elegido con meses de anticipación. Se notaba en cada detalle que alguien había soñado ese día durante mucho tiempo. La música, la luz, el olor. Todo estaba exactamente donde debía estar.

Y entonces apareció la primera nube.

Nadie dijo nada al principio. Todos la miramos de reojo con esa esperanza silenciosa de que se moviera sola. Pero no se movió. Y antes de que alguien pudiera hacer algo, estábamos corriendo. Los tacones hundiéndose en el pasto mojado, los vestidos recogidos, las flores de mesa ladeadas por el viento. Lo que había tomado meses planear se estaba deshaciendo en minutos.

Recuerdo la cara de la novia.

Ese momento en que miras todo lo que imaginaste y lo que está pasando, y tienes que decidir qué hacer con la distancia entre los dos.

Todas hemos estado ahí. No necesariamente en una boda, pero sí en esa sensación. La de tener un plan construido con cuidado, con ilusión, con tiempo, y que algo llegue sin avisar a desordenarlo todo. Una noticia. Una temporada difícil. Una puerta que se cerró cuando esperabas que se abriera. Y te quedas parada mirando el lodo en tus zapatos preguntándote en qué momento todo cambió.

Y lo más agotador no es que el plan cambió.

Es la sensación de que algo que esperabas con todo no llegó como lo imaginabas. Que pusiste tu corazón en algo y la lluvia llegó antes de que pudieras disfrutarlo. Que ahora no sabes si volver a planear vale la pena, porque ¿qué garantía tienes de que no va a llover de nuevo?

Pero hay algo que aprendí ese día en esa boda mojada.

La lluvia no llegó a arruinar ese matrimonio. Llegó a regarlo.

Hubo una mujer que recibió tierra árida como herencia. Tierra buena, tierra prometida, pero seca. Un Neguev. Y en lugar de aprender a sobrevivir en el desierto, hizo algo que requirió valor. Se bajó del asno, se paró frente a su padre y le dijo: me diste la tierra, pero dame también las fuentes. Y su padre se las dio, las de arriba y las de abajo. Su nombre era Acsa y su historia está en Josué 15 porque Dios quería que supieras que pedir las fuentes no es ingratitud. Es fe.

La lluvia que moja tus zapatos es la misma que ablanda la tierra endurecida. La que despierta semillas que llevan tiempo enterradas esperando su momento. La que convierte el Neguev en jardín.

Dios no está arruinando tu plan. Está activando tu suelo.

«He aquí que yo hago algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo percibís?» Isaías 43:19

Él está haciendo algo nuevo. Aunque todavía huela a lluvia y tengas lodo en los zapatos. Aunque la nube apareció justo cuando menos la esperabas. Aunque el día no salió como lo imaginaste.

Sé exactamente cómo se siente pararse en medio de lo que no salió como planeabas. Y hoy no quiero dejarte ir sin orar juntas.

Padre, hoy vengo por esta mujer que está parada en el lodo de una temporada que no pidió. Que tenía planes, que tenía sueños, que tenía un día especial en mente, y algo llegó a desordenarlo todo. Tú ves lo que se mojó por dentro. Tú ves la distancia entre lo que imaginó y lo que está viviendo. Hoy abre sus ojos para que vea lo que ya está brotando debajo de todo esto. Dale las fuentes que necesita. Que la lluvia que sintió como interrupción la reconozca hoy como tu respuesta. Y que lo que parecía un plan arruinado se convierta en el comienzo de su florecimiento. En el nombre de Jesús, amén.

En Mujer Totalmente Nueva escribí para la mujer que está en esa temporada. La que tiene tierra pero se siente seca. La que tiene promesas pero necesita las fuentes. Treinta días para comenzar ese proceso desde adentro hacia afuera.