Cuando las palabras te roban la identidad
Hablemos del inmenso poder que tienen las palabras en la vida de una mujer. ¿Te ha pasado alguna vez que te pruebas ese vestido con el que te sientes fabulosa y, justo al salir, alguien te da el mejor de los cumplidos? De repente, te sientes invencible. O quizás tuviste un día ocupado, preparaste una cena rapidísimo con lo que tenías a la mano, y alguien en la mesa te dice que es el mejor platillo que ha probado. Esos comentarios inesperados tienen un poder hermoso: nos levantan, nos afirman, nos hacen brillar. Son un abrazo al alma.
Pero, así como existen palabras inesperadas que nos dan alas, hay otro tipo de palabras que también llegan sin avisar… y que tienen un poder muy diferente. Palabras que, en lugar de construirnos, nos van desarmando pedazo a pedazo.
La gotera silenciosa
Casi nunca empieza de forma dramática. Nadie entra a tu vida gritando o destruyendo todo el primer día. Comienza de una manera tan sutil que, al principio, incluso llegas a justificarlo pensando: «Seguro tuvo un mal día».
Tal vez un día tropiezas, se te cae algo de las manos, y la voz que escuchas no te pregunta si te lastimaste. La voz te dice: «¿Por qué eres tan torpe? Siempre haces lo mismo». Tal vez le sirves la cena, y el comentario casual es: «Toda tu comida me sabe sin sabor. ¿Acaso no sabes hacer nada bien?».
Parecieran comentarios aislados, quejas sin importancia. Pero son como una gotera constante cayendo sobre una piedra. Poco a poco, esas frases se vuelven más frecuentes. La intensidad aumenta. Las críticas sobre lo que haces se convierten en ataques directos sobre lo que eres.
Las palabras crueles son como una espada. Lo peor de este tipo de heridas es que no te matan rápidamente de un solo golpe; simplemente te hacen desangrarte gota a gota, día tras día, hasta que sientes que ya no queda nada de ti.
El secuestro de tu identidad
El verdadero peligro no es solo que te digan esas cosas; el peligro mortal es que te las empiezas a creer. Te dicen tantas veces que no sirves, que eres torpe, que estás loca o que nadie más te va a aguantar, que esas mentiras se instalan en tu mente y se convierten en tu propia voz interior.
Y entonces, empiezas a vivir con miedo. No un miedo a un golpe físico, sino un miedo emocional paralizante. Miedo a equivocarte, miedo a dar tu opinión, miedo a respirar muy fuerte y provocar su enojo. Caminas sobre cáscaras de huevo en tu propia casa. Vives aterrorizada bajo el peso de una identidad de fracaso y pequeñez que nunca fue tuya. Te vistieron con un traje de inseguridad y te convencieron de que esa eras tú.
No son «solo palabras»
Amada, si hoy te encuentras en este escenario, necesito que tu espíritu despierte a esta verdad: Tú no eres lo que él dice que eres. A veces pensamos que, como no hay moretones físicos, no tenemos derecho a quejarnos. Pero el cielo no ignora lo que lastima tu corazón. La Biblia dice en Proverbios 12:18 que «Hay quienes hablan como dando estocadas de espada», y Dios ve cada una de esas heridas invisibles que llevas por dentro.
Él no te creó para que vivas encogida, dudando de tu valor o sintiéndote defectuosa. El amor verdadero, el que Dios diseñó, edifica, protege y afirma; jamás destruye ni humilla.
Hoy es el día para comenzar a romper esa prisión de palabras. Te invito a que levantes tu voz y hagas esta oración conmigo:
Oración para recuperar tu voz y tu identidad
«Padre Celestial, hoy vengo delante de Ti con el corazón adolorido y cansado de escuchar palabras que me lastiman. Tú ves las heridas invisibles que llevo por dentro. Señor, te pido perdón por haber estado de acuerdo con la voz de quien me menosprecia. Perdóname por haber creído que no sirvo, que soy torpe o que mi valor depende de cómo me traten. Hoy decido rechazar y cancelar toda palabra de humillación, burla o crítica destructiva que se haya hablado sobre mi vida. Rompo el poder de esas mentiras en mi mente. Devuélveme la voz que el miedo me robó. Dame el valor para romper el silencio y buscar la ayuda que necesito. Lléname de Tu amor y recuérdame quién soy realmente: soy Tu hija, fui comprada a precio de sangre, soy capaz y estoy coronada de dignidad. Sana mi corazón y ayúdame a caminar en la libertad que Jesús ganó para mí. En Tu poderoso nombre, Amén.»
No tienes que seguir aceptando migajas ni soportando espadas. Tú mereces paz. Tú mereces ser tratada con la dignidad y las palabras de afirmación que le corresponden a una hija del Rey.
¿Sientes que has perdido tu identidad a causa de palabras que te hirieron?
Cuando las palabras nos lastiman constantemente, nos llenamos de una vergüenza paralizante que nos hace sentir que no valemos nada. Pero no tienes que quedarte ahí.
En De la Vergüenza a la Victoria, te tomo de la mano para enseñarte a desmantelar las mentiras que has creído, sanar las heridas invisibles de tu alma y recuperar la voz, la seguridad y la identidad hermosa que Dios te dio.