Rudy Gallardo

Resiliencia: cuando liderar no es resistir, sino transformarse

La resiliencia suele presentarse como la capacidad de “aguantar”, de soportar la presión o de mantenerse en pie pese a las dificultades. Esa definición, aunque extendida, es incompleta. Aguantar no siempre transforma; a veces solo posterga el quiebre. La resiliencia auténtica no consiste en endurecerse frente a la adversidad, sino en crecer a partir de ella.  En el liderazgo —personal, institucional u organizacional— esta diferencia es crucial. No todos los que resisten lideran, pero todo liderazgo genuino requiere resiliencia bien entendida.

La resiliencia no niega la adversidad ni la romantiza. La reconoce. Parte de una realidad concreta —crisis, pérdida, error, incertidumbre— y decide qué hacer con ella. La pregunta no es por qué ocurrió, sino qué se construye a partir de lo ocurrido. Los líderes que quedan atrapados en el diagnóstico perpetuo de la crisis terminan definiéndose por el problema. Los líderes resilientes, en cambio, usan la crisis como un punto de inflexión. No la convierten en excusa ni en bandera, sino en materia prima para un proceso de transformación.

La resiliencia no se improvisa cuando todo falla. Se construye antes, desde adentro. El esquema del adjunto muestra pilares fundamentales: introspección, autoestima, confianza, pensamiento crítico, independencia ética y capacidad de aprendizaje. Estos elementos no aparecen automáticamente con el cargo ni con la experiencia. Se desarrollan con práctica, con reflexión y, muchas veces, con errores asumidos. Un liderazgo sin pilares internos puede funcionar en tiempos de calma, pero colapsa cuando el entorno se vuelve hostil.

Por eso, la resiliencia no es una habilidad blanda; es una arquitectura interior.

Uno de los aspectos más importantes de la resiliencia es la capacidad de elegir la respuesta. La adversidad suele empujarnos a reaccionar: defendernos, cerrarnos, culpar, huir. La resiliencia introduce una pausa. En esa pausa aparece la posibilidad de decidir con criterio. Decidir no significa controlar todo, sino asumir responsabilidad sobre lo que sí está bajo nuestro dominio: la actitud, la lectura del contexto, la forma de actuar. En liderazgo, esta capacidad marca la diferencia entre quienes agravan la crisis y quienes la atraviesan con sentido.

Aunque la resiliencia tiene una dimensión personal, no es un ejercicio solitario. El adjunto señala fuentes claras: apoyo social, vínculos significativos, recursos disponibles, habilidades desarrolladas y sentido de propósito. Los líderes resilientes saben pedir ayuda, construir redes y reconocer límites. No confunden fortaleza con aislamiento. En organizaciones y equipos, esto se traduce en culturas donde el error se analiza, no se castiga; donde la experiencia se integra, no se oculta. Un liderazgo que niega estas fuentes termina exigiendo fortaleza individual en sistemas frágiles.

Otro error frecuente es entender la resiliencia como la capacidad de “volver a como estábamos antes”. El adjunto lo deja claro: la resiliencia auténtica no restaura exactamente lo anterior, sino que construye algo nuevo a partir de la experiencia.

Esto aplica tanto a personas como a instituciones. Después de una crisis, pretender que nada cambie es una forma de negación. La resiliencia invita a integrar lo aprendido, ajustar prácticas, redefinir prioridades y, en muchos casos, abandonar lo que ya no sirve. En liderazgo, esto exige humildad: reconocer que no todo lo anterior merece ser conservado.

Hoy el contexto global, regional y organizacional exige líderes capaces de sostener la tensión entre estabilidad y cambio. La resiliencia permite mantenerse firmes sin volverse rígidos, adaptarse sin perder identidad. Esto implica diagnosticar recursos y vulnerabilidades, entender el entorno, tomar decisiones conscientes y convertir la experiencia pasada en aprendizaje presente. No se trata de optimismo ingenuo, sino de realismo con dirección.

La resiliencia no es una respuesta automática ni una consigna inspiradora. Es una práctica continua que combina conciencia, decisión y construcción. En liderazgo, marca la diferencia entre quienes sobreviven a las crisis y quienes las usan para crecer. Esta semana, más que preguntarnos si somos resilientes, conviene preguntarnos qué estamos construyendo con lo que nos ha tocado vivir. Porque la resiliencia no se mide por lo que resistimos, sino por lo que somos capaces de transformar.