Rudy Gallardo

El año que empieza y las trampas mentales que debemos dejar atrás

Cada inicio de año abre una posibilidad sencilla pero poderosa: detenernos un momento para revisar la manera en que pensamos. No se trata de organizar agendas o escribir propósitos, sino de observar con honestidad esos hábitos mentales que, sin darnos cuenta, nos han llevado a avanzar menos de lo que deseamos. La mayoría de las personas no fracasan por falta de talento, sino por patrones internos que sabotean su propio progreso. Son actitudes que parecen pequeñas, pero que, repetidas en silencio, terminan moldeando una vida entera. Identificarlas sin negarlas es un primer paso; superarlas con decisión es el trabajo del año que comienza.

Uno de esos patrones es la tendencia a desplazar la responsabilidad hacia el entorno. Cuando todo fracaso tiene un culpable externo, desaparece la posibilidad de ajustar el rumbo. Nadie puede mejorar lo que no reconoce como propio, y la responsabilidad personal es, en realidad, una forma de libertad. El nuevo año invita a asumir lo que sí depende de nosotros, aunque sea incómodo al principio.

Otro hábito frecuente es evitar lo difícil. No porque carezcamos de capacidad, sino porque la incomodidad hiere la ilusión del control. Muchas personas buscan refugio en actividades que entretienen, pero no transforman. Es un círculo que tranquiliza, aunque no produce crecimiento. Superarlo implica entrenar la tolerancia al esfuerzo sostenido: dedicar tiempo a lo que importa, no solo a lo que distrae.

La comodidad también se alimenta de los círculos que elegimos. Si todos piensan igual y nadie desafía nuestras ideas, el entorno se vuelve un espejo que confirma lo que ya creemos. Este año puede ser distinto si ampliamos las voces que escuchamos y nos permitimos entrar en espacios donde aprender sea más importante que agradar.

Hay otro fenómeno común: hablar más de lo que se hace. Las metas se anuncian, pero no se ejecutan. El entusiasmo inicial se confunde con avance real, y la planificación sustituye a la acción. Convertir este patrón en oportunidad requiere un cambio sencillo: ejecutar antes de explicar. Hacer antes de narrar. Una variante similar ocurre cuando confundimos opinión con acción. El debate es útil, pero solo cuando conduce a decisiones. Muchas personas pasan horas analizando posibilidades sin dar un solo paso. El nuevo año pide menos especulación y más experimentación. Incluso una decisión imperfecta mueve más que una idea brillante que nunca se intenta.

También está la dificultad para aprender de los errores. No por terquedad, sino por orgullo. Cuando fallamos, se activa un mecanismo automático que busca justificar, minimizar o evadir. Sin embargo, el error es una fuente de información privilegiada. Tratarlo como un fin bloquea el progreso; tratarlo como un punto de ajuste lo convierte en una ventaja.

Otro obstáculo frecuente es el deseo de obtener resultados sin compromiso con el proceso. Tendemos a admirar el éxito visible, pero ignoramos la disciplina silenciosa que lo sostiene. En este nuevo ciclo, conviene preguntarnos si la ambición que proclamamos está respaldada por la constancia que exige. Hay quienes viven entre el recuerdo idealizado de lo que fue y la fantasía de lo que algún día ocurrirá. El pasado se convierte en refugio y el futuro en excusa. El único espacio donde puede ocurrir la transformación sigue siendo el presente. Actuar hoy evita que “algún día” se convierta en un espejismo que se repite cada año.

El miedo a destacar también limita. Muchas personas poseen talento, pero lo contienen por temor al juicio, al error o al ridículo. La excelencia exige exposición, y toda exposición implica riesgo. Este nuevo año puede ser una oportunidad para probar que el crecimiento no ocurre en la ausencia de miedo, sino en la decisión de avanzar a pesar de él.

Finalmente, está el refinado discurso de víctima, que aparece con más frecuencia de la que admitimos. Se instala en personas muy racionales, incluso talentosas, que logran justificar por qué nunca se movieron del lugar en que están. Es una narrativa que protege, pero también paraliza. El desafío consiste en reemplazarla por un relato de responsabilidad y posibilidad.}

Superar estos patrones no es un acto de fuerza de voluntad aislado, sino un ejercicio de conciencia. El año nuevo no transforma por sí mismo; transforma la forma en que lo habitamos. Si cada persona logra hacer un ajuste pequeño pero sostenido —asumir responsabilidad, tolerar incomodidad, elegir mejores círculos, actuar con constancia, aprender del error y abandonar el relato de víctima— la diferencia al final del año será evidente. El tiempo no garantiza evolución. La intención consciente sí.  Este nuevo ciclo ofrece una oportunidad para pensar de manera distinta y vivir con mayor claridad. No para convertirnos en alguien nuevo, sino para ser más fieles a la persona que sabemos que podemos llegar a ser.